«Queridos pinareños: reciban este 26 de Julio, el cariño y mi reconocimiento por haber ganado, con su esfuerzo, consagración a la causa revolucionaria y trabajo creador, el gran honor de ser la sede del acto central por el 73 aniversario del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, Día de la Rebeldía Nacional. Un fuerte abrazo a todos, Raúl Castro Ruz».[“Dear residents of Pinar del Río: on this July 26th, receive my affection and appreciation for having earned, through your effort, dedication to the revolutionary cause, and creative work, the great honor of hosting the central event for the 73rd anniversary of the assault on the Moncada and Carlos Manuel de Céspedes barracks, National Rebellion Day. A big hug to all, Raúl Castro Ruz.”]Con ese sentido mensaje del Líder al frente de la Revolución, General de Ejército Raúl Castro Ruz, inició su discurso en el Acto Central Nacional por el 26 de Julio, el Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez. [With that heartfelt message from the Leader at the head of the Revolution, Army General Raúl Castro Ruz, the First Secretary of the Central Committee of the Party and President of the Republic, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, began his speech at the National Central Act for July 26th.] (Address of Diaz Canel on 26 July Anniversary)
Así comienza la cobertura de lo que en su día fue una conmemoración mucho más robusta y, vista desde la perspectiva de lo que terminó siendo la revolución militar de 1959, gloriosa, del inicio de lo que se convertiría en el período revolucionario de la historia cubana contemporánea. Su punto culminante, como de costumbre, es un discurso más bien largo pronunciado por un líder de la nomenklatura, ocupando un espacio que durante décadas ocuparon primero Fidel y luego Raúl Castro. Este año las conmemoraciones son menos gloriosas y se producen en condiciones no solo de crisis interna, sino también de una certeza mucho mayor de que la presión externa bien podría forzar un cambio significativo en el carácter y el rumbo de la gloriosa revolución cuyo inicio se conmemora tradicionalmente el 26 de julio.
Hace muchos años, en un ensayo que titulé Ciudades Prohibidas (15 de octubre de 2008), reflexioné sobre los espacios semióticos de los espacios recursivos y su influencia corruptora en el curso de la vida de los imperios, incluso los pequeños, como el de Cuba. Si bien el objeto de aquel ensayo eran las manifestaciones físicas de espacios físicos que primero manifiestan la gloria, luego se convierten en prisiones y después forman una barrera que separa la realidad circundante de los habitantes de sus grandes espacios. Y sin embargo, los espacios ideológicos pueden ser tan asfixiantes como los espacios interiores de la Ciudad Prohibida, de Versalles y del Palacio de Topkapi. Señalé entonces:
Y ahí radica la perversa ironía de los grandes espacios. Lo que parece maximizar la expresión del poder hacia afuera, del gobernante hacia los súbditos, perversamente también actúa en contra de ese poder. Estos palacios son, en efecto, aislados, remotos, inaccesibles. Grandes extensiones de tierra y edificaciones deliberadamente aisladas de aquellos sometidos al poder de sus ocupantes. Y los habitantes, del más al menos poderoso, están tan aislados como la arquitectura dentro de la cual transcurren sus vidas. Y ahí está el problema. Se trata de un espacio autorreferencial, y sus habitantes terminan reflejando cada vez más esa orientación de su entorno. Aislados en su poder, los habitantes de estos palacios habitan un pequeño mundo de su propia creación. Dependen de otros para obtener información sobre el mundo exterior que controlan. Y tienen poca idea de las condiciones de las poblaciones que dependen de ellos: ¿por qué habrían de cultivar tal idea, si la noción de su posición frente a los súbditos es tan sólida como el edificio que sirve de expresión física de esa posición? Llevados de una ceremonia a otra, funcionan como engranajes de una máquina que produce la apariencia del poder mientras se alejan cada vez más de sus fuentes. Los más poderosos terminan reducidos a un estado de dependencia total, incapaces de funcionar salvo en su papel dentro de la producción de la apariencia del poder. Es más, en una etapa avanzada, hasta los más poderosos quedan reducidos a metáfora. Son tan cautivos como gobernantes.
El discurso del Primer Secretario del 26 de julio de 2026 es, en cierto sentido, un estudio de la semiótica del pathos que inevitablemente producen los sistemas cerrados que no tienen adónde ir salvo dar vueltas sobre sí mismos, no porque no puedan proceder de otra manera, sino porque cognitivamente eso se ha vuelto "imposible" sin perderse a sí mismos en el "otro" autoconstruido. Podría decirse, entonces, que las declaraciones exhiben características importantes de una "Ciudad Prohibida" discursiva, un espacio discursivo que solo se ve a sí mismo, que es enteramente recursivo, y que es incapaz de tender puentes entre sus propios espacios interiores y lo que ocurre a su alrededor. Cuanto mayor es la brecha, con más fuerza se aferran quienes están dentro de estos palacios a la ilusión del poder, de la gloria, y a la sensación de que desde dentro de sus muros aún pueden proyectar poder o autoridad, incluso cuando el alcance de esa autoridad se reduce al interior de esos espacios.No sorprende entonces que quienes ejercen tan vasto poder oficial desde estos lugares terminen siendo esencialmente irrelevantes en la vida de los gobernados: figuras casi míticas que pueden descartarse cuando resultan inconvenientes o cuando la población sometida ha seguido adelante (sin ellos). O se convierten en fuentes de un poder arbitrario y que no responde a nadie. Gobernar dentro de una arquitectura que magnifica la experiencia autorreferencial del poder hace que su expresión fuera de los muros del palacio quede desconectada. Y cuanto más desconectada esté la expresión del mando, mayor será la tendencia de la población a reaccionar mal. Esa mala reacción, a su vez, se observa con alarma y sospecha, y puede reforzar la tendencia del palacio a buscar con más ahínco la protección de sus muros y de las visiones que allí se generan. El palacio se convierte tanto en refugio como en expresión hacia afuera del poder. Y así, la dinámica de la decadencia queda bien mezclada en la argamasa de los edificios palaciegos. Lo que pudo haber comenzado como la expresión del poder proyectado hacia afuera por una estructura de gobierno que concibió el palacio para reflejar la fuerza de esa expresión de voluntad política, se convierte en su opuesto: un lugar al que el poder se repliega para protegerse del exterior y que se proyecta hacia adentro, hasta que queda poco que gobernar salvo los propios recintos del palacio.
Esa es la lección del discurso del Primer Secretario, uno servido como si fuera un mitin de ánimo (pep rally) antes de un partido de fútbol americano en una gran universidad estatal de Estados Unidos, con la certeza de que los jugadores no saldrán con nada que se parezca a una victoria. El discurso del Primer Secretario Díaz-Canel en el 73 aniversario del asalto al Cuartel Moncada (Día de la Rebeldía Nacional en Pinar del Río) giró en torno a tres temas centrales: la continuidad histórica, las severas crisis internas y una retórica antimperialista agresiva. Son temas que se han convertido en tropos discursivos finamente afinados, que se repiten con regularidad desde la década de 1960, pero ahora actualizados para la crisis actual.
Encuadre ideológico e hitos históricos simbólicos. Presentó los desafíos actuales de Cuba como un "nuevo Moncada": una lucha que exige resistencia para alimentar la eventual recuperación. Vinculó el acto con aniversarios significativos: el próximo centenario del natalicio de Fidel Castro (nacido en 1926) y el 95 cumpleaños de Raúl Castro (quien envió un saludo inicial). Y honró a figuras históricas, como el Comandante Ramiro Valdés, a la vez que elogió a la juventud llamada a liderar el desarrollo local.
Reconocimiento de severas crisis internas. El Primer Secretario abordó directamente el deterioro de las condiciones socioeconómicas: apagones generalizados, estancamiento industrial y los frecuentes fallos del Sistema Electroenergético Nacional (SEN). Destacó escaseces críticas en el sector de la salud, señalando más de 100,000 cirugías demoradas, la falta de tratamientos oncológicos de primera línea y un salto en la tasa nacional de mortalidad infantil de 4.5 a 9.3 por cada 1,000 nacidos vivos (aunque señaló que Pinar del Río logró mantener su tasa más baja, en 4.8).
Responsabilización del embargo estadounidense y las presiones externas. La semiótica crítica del Lebenswelt cubano es que Cuba existe en y como la sombra de los Estados Unidos: sus victorias se logran a pesar de los Estados Unidos, sus desafíos y derrotas son el resultado directo de las maquinaciones estadounidenses. Así, el Primer Secretario atribuyó el colapso económico, la escasez de combustible y las crisis médicas enteramente a un "genocidio fríamente calculado" y a una "política de máximo estrangulamiento económico" por parte de Estados Unidos. Denunció las sanciones internacionales dirigidas contra funcionarios de salud cubanos, envíos de combustible e inversiones extranjeras, e hizo un llamado a los actores globales para que no se conviertan en "cómplices".
Logros locales y llamado a la acción. Como es costumbre en estos discursos, y ciertamente desde 2008, el Primer Secretario se centró en cuestiones operativas envueltas en objetivos ideológicos. Elogió los esfuerzos de recuperación de Pinar del Río tras el huracán Ian (2022), su producción de tabaco y arroz, y su transición hacia las energías renovables (por ejemplo, 87 MW en nuevos parques solares). Y concluyó con un llamado a la autosuficiencia, la sustitución de importaciones y la participación ciudadana activa bajo la consigna: "Que cada amanecer nos encuentre en pie de guerra".
Un análisis político directo resulta bastante sencillo: el discurso del Primer Secretario refleja a un régimen que intenta mantener su legitimidad política en medio de una de las crisis económicas y sociales más agudas que ha vivido Cuba desde el "Período Especial" de los años noventa. La mención explícita en el discurso de apagones de más de 24 horas, colapsos de la red del SEN y severa escasez de medicamentos subraya cuán ineludibles se han vuelto estos problemas en el discurso nacional. Y sin embargo, la realidad ineludible es esta: las envejecidas termoeléctricas de Cuba y los severos déficits en la importación de combustible han paralizado la vida cotidiana y la producción industrial. Al citar abiertamente el aumento de la mortalidad infantil y las cirugías canceladas, la dirigencia reconoce la profundidad del malestar público —probablemente para adelantarse a la indignación popular— mientras traslada el 100% de la culpa a las sanciones extranjeras, en lugar de a la mala gestión interna sistémica o a las fallas de la planificación central agrícola.
El fuerte énfasis en el centenario de Fidel Castro (1926-2026) sirve como una herramienta retórica vital para el gobernante Partido Comunista de Cuba (PCC). También parece ser una especie de estrategia discursiva de continuidad: a medida que la generación de la Revolución de 1959 (la "generación histórica") va desapareciendo, la dirigencia posterior a los Castro, encabezada por Díaz-Canel, enfrenta una crisis de legitimidad histórica. Invocar el legado de Fidel y el respaldo personal de Raúl Castro es un intento de reavivar el sentimiento nacionalista, reforzar la disciplina partidista y apelar a la juventud para que se mantenga leal en tiempos de extrema dificultad.
El alineamiento geopolítico y la retórica antimperialista son a la vez trillados y probablemente reconfortantes para la nomenklatura y para otros sectores que tienen mucho que perder ante una rectificación mayor del sistema. El comentario geopolítico más amplio del Primer Secretario ("Primero fue Gaza, el Líbano, Irán; hoy es Cuba") busca posicionar a la isla dentro de un bloque antihegemónico global más amplio. También evoca las formas tradicionales de contraofensiva diplomática cubana que en el pasado han funcionado relativamente bien: ante el aislamiento y las estrictas restricciones financieras impuestas por Washington, La Habana sigue apoyándose en gran medida en las redes de solidaridad internacional, en el voto antibloqueo de la Asamblea General de la ONU y en los vínculos estratégicos con socios no occidentales para mantener a flote su economía. Presentar el embargo como un problema global de "derechos humanos" sigue siendo la principal palanca diplomática de Cuba.
El condimento discursivo casi siempre es local, y cada vez más pequeño: la respuesta local, a cargo de la dirigente provincial Yamilé Ramos Cordero, destacó esfuerzos pragmáticos como la adopción de energía fotovoltaica (solar) y cadenas locales de suministro de alimentos. Esto pone de relieve el doble enfoque del gobierno: mantener en la cúpula un discurso político antimperialista rígido, mientras se exhorta a las provincias a adoptar medidas de supervivencia descentralizadas —como energía renovable fuera de la red y las iniciativas agrícolas locales— para sobrevivir a la crisis inmediata.
Nada de esto resulta particularmente interesante, salvo como noticia y como evidencia del estado avanzado del síndrome de la "Ciudad Prohibida". Mucho más interesante me resulta un análisis a través del lente de los signos, la creación de mitos y la construcción narrativa. Hemos llegado a entender que, en la semiótica jurídica, los textos no se limitan a comunicar información; organizan sistemas de signos que construyen y validan la realidad. En este discurso, el aparato estatal cubano utiliza marcadores semióticos para gestionar la crisis pública y reforzar su legitimidad institucional.
[Significante / Ritual] [Significado / Sentido] Discurso del 26 de julio ──────────► Revolución continua (sin transición) "El Moncada" ──────────► Sufrimiento legítimo / lucha necesaria El "enemigo externo" ──────────► Exoneración de los fracasos de la política interna
El significante "Moncada": el sufrimiento recontado como deber revolucionario. Ya he señalado antes que los sistemas estatales marxista-leninistas dependen en gran medida de mitos históricos para transformar las penurias materiales en obligaciones morales. Ese ha sido ciertamente el caso de Cuba, de una manera particularmente distintiva (véase, por ejemplo, From Hatuey to Che: Indigenous Cuba Without Indians and the U.N. Declaration on the Rights of Indigenous Peoples, 33(1) American Indian Law Review 201-238 (2008)). La metáfora: el Primer Secretario presenta el colapso actual de Cuba (apagones, déficits de combustible, escasez médica) no como fallos administrativos, sino como un "nuevo Moncada". La función semiótica: el histórico asalto al Moncada de 1953 fue una derrota táctica que sentó las bases de una eventual victoria estratégica. Al mapear semióticamente la parálisis económica de 2026 sobre el Moncada, el Estado resignifica el sufrimiento popular como sacrificio revolucionario. La privación se convierte, de motivo de protesta, en prueba de resistencia patriótica.
Anclajes textuales estructurales: la autoridad de la "vanguardia". El discurso no se abre con las palabras del propio Díaz-Canel, sino con un mensaje del General Raúl Castro Ruz, quien a su vez invoca a Fidel Castro Ruz. Esto evidencia un hilo común en la cadena de bloques de la autoridad. En el marxismo-leninismo cubano, esa cadena de bloques debe partir del nodo central de la autoridad: la legitimidad fluye de manera lineal y secuencial: el Líder de la Vanguardia, el Partido, el aparato del Estado (y en Cuba, también el estamento militar). El Primer Secretario parece actuar, o servir, como un operador administrativo cuya legitimidad depende enteramente de hacer referencia a los "signos" fundacionales (Raúl y Fidel). Esto refuerza la idea de que el Partido Comunista (PCC) sigue siendo el centro moral único e ininterrumpido de la nación, aunque uno que ahora se personifica.
No obstante, esa secuencia incluye un bucle de retroalimentación masiva (véase aquí): una retórica pública dirigida que impone el alineamiento entre la ciudadanía y las directrices del Partido. Hacia el final del discurso, Díaz-Canel traslada la responsabilidad de vuelta a la población: "El llamado ahora es a la acción... a buscar alternativas con audacia y creatividad... a confiar en nuestra propia fuerza." El Estado fija los límites ideológicos, pero exige que las comunidades locales (como Pinar del Río) se autoorganicen para resolver problemas prácticos (por ejemplo, construir parques solares, desarrollar la agricultura local) dentro de esas rígidas líneas políticas. Esto es vino viejo en botellas todavía más viejas. Pero sigue siendo interesante observar cómo su poder discursivo se ha ido diluyendo. La cohesión, por supuesto, es un componente externo crítico en el marxismo caribeño. El embargo de Estados Unidos funciona no solo como crítica económica, sino como un mecanismo institucional esencial para la cohesión interna. Al atribuir las fallas del sistema electroenergético (SEN), las cirugías canceladas y el aumento de la mortalidad infantil directamente al "estrangulamiento máximo" de Washington, el aparato estatal protege sus propios modelos de planificación económica de toda crítica interna. Reconocer fallas estructurales internas arriesga invalidar el propio modelo socialista. Por lo tanto, todo desglose sistémico interno debe enmarcarse, semiótica y teóricamente, como un acto de guerra extranjero.
Visto a través de este lente teórico, el discurso del presidente Díaz-Canel es menos un plan económico que un ejercicio de autopreservación estructural. Mediante signos semióticos cuidadosamente gestionados —invocando a la jerarquía revolucionaria, ya fallecida y envejecida, reencuadrando la pobreza aguda como una "batalla" activa, y depositando toda culpa a los pies de un antagonista externo— el Estado-Partido cubano busca racionalizar su continuo monopolio del poder en medio de un severo colapso material.
La pregunta ahora es algo mucho más importante: ¿será este el último discurso del 26 de julio que los líderes cubanos pronuncien bajo el actual conjunto de realidades en la construcción ideológica y la puesta en práctica del modelo político-económico cubano tal como está constituido hoy? Esa es la única pregunta que debería haberse abordado.
Y ese último comentario, mordaz, en forma de pregunta, apunta a una tensión que al principio dudé en enfrentar, pero que ahora sí voy a enfrentar. La pregunta retórica final del ensayo —si este podría ser "el último discurso del 26 de julio" pronunciado bajo el actual modelo ideológico y político-económico— trata implícitamente la profundidad de la crisis reconocida (apagones, mortalidad infantil, cirugías canceladas) como evidencia de que el sistema se acerca a algún tipo de punto de quiebre. Es un punto de quiebre que en efecto podría desembocar en una ruptura, con un elemento nuevo: la presión sostenida de Estados Unidos. Pero esto choca con mi propia tesis sobre la peculiaridad de la situación cubana y la resiliencia de su praxis marxista-leninista caribeña. En "Cuba and the Constitution of a Stable State of Misery: Ideology, Economic Policy, and Popular Discipline", argumenté explícitamente que lo que parece ser inestabilidad en el modelo político cubano en realidad "se está convirtiendo en un estado estable de miseria", en el cual el control se mantiene "sobre la base de una realidad de miseria lo suficientemente desafiante como para mantener a la población bien controlada y al sistema político razonablemente bien ordenado". Sugerí que esta lectura, además, invierte la interpretación convencional de la protesta popular, tratando el estallido popular periódico no como una señal prerrevolucionaria del colapso del régimen, sino como un mecanismo disciplinario que el propio Estado utiliza para calibrar los límites externos de la miseria tolerable. Si esa tesis se sostiene, mi insinuación final aquí, la de que podría haber un ocaso para el sistema actual, la pregunta con la que cierra el ensayo, sugiere una respuesta, y una respuesta negativa: el reconocimiento de la crisis en el discurso de Díaz-Canel no es evidencia de una ruptura inminente, sino precisamente el tipo de admisión gestionada y cuantificada de las penurias (100,000 cirugías demoradas, una tasa de mortalidad infantil que sube a 9.3 por cada 1,000) que un modelo de "estado estable de miseria" predeciría que el régimen haría abiertamente, como parte de sostener el equilibrio, y no de socavarlo. El punto de inflexión de ese cálculo se desplaza entonces de dentro de Cuba hacia sus irritantes externos, y en particular, hacia Estados Unidos.
El texto del discurso, en el español original y en traducción al inglés, aparece a continuación.



















