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Los líderes de los gobiernos de España, México y Brasil emitieron la siguiente comunicación en el transcurso de su IV Cumbre en Defensa de la Democracia, celebrada en Barcelona los días 16 y 17 de abril de 2026. Dicha comunicación, titulada «Sobre la situación en Cuba», se produce tras los informes de que la presidenta de México buscaba articular una postura común al respecto.
La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, anunció el sábado, durante la IV Cumbre en Defensa de la Democracia celebrada en Barcelona, que propondrá una declaración formal en oposición a cualquier intervención militar en Cuba, instando a que prevalezcan el diálogo y la paz por encima de la confrontación, en un contexto marcado por las amenazas y el bloqueo energético por parte de Estados Unidos. «A día de hoy, al referirnos a esa pequeña isla caribeña, creemos que ningún pueblo es pequeño, sino grande y estoico cuando defiende su soberanía y su derecho a una vida plena», añadió. Al intervenir en la inauguración del encuentro —convocado por el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, y el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva—, Sheinbaum formuló este llamamiento ante una docena de líderes progresistas, entre los que se encontraban los presidentes de Colombia, Sudáfrica y Uruguay.
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La presidenta mexicana aprovechó su intervención para reafirmar que los principios constitucionales de la política exterior de su país conservan plena vigencia en el actual escenario global. Citó la no intervención, el respeto a la autodeterminación, la solución pacífica de controversias, el rechazo al uso de la fuerza, la igualdad jurídica entre los Estados y la búsqueda permanente de la paz como los pilares de la identidad diplomática de México. Advirtió contra cualquier definición de la libertad que implique la sumisión a intereses externos o que reduzca a las naciones soberanas a la condición de colonias modernas, insistiendo en que la libertad carece de sentido sin justicia social, soberanía y dignidad de los pueblos. (aquí)
El lenguaje empleado no se desvía de la postura que las autoridades mexicanas han mantenido desde el inicio de la actual crisis en Cuba; de hecho, sus elementos ya formaban parte del discurso de la presidenta Sheinbaum a raíz de las acciones emprendidas por Estados Unidos en Venezuela a principios de 2026. Estos tres elementos son: (1) la centralidad de la ayuda humanitaria y la mitigación del sufrimiento de la población; (2) la igualdad soberana y la integridad territorial; y (3) el respeto a los derechos humanos, el multilateralismo en el marco del sistema de las Naciones Unidas y el diálogo respetuoso.

Resulta interesante observar que estos tres elementos son compartidos, a su vez, por los Estados Unidos. El problema, por supuesto, radica en que el significado —tanto de estos principios comunes como del texto empleado para expresarlos, así como de los términos y valores con los que se invisten— separa a Estados Unidos de México, España y Brasil, tanto como el texto común parece unirlos en un proyecto compartido. Estados Unidos centra la ayuda humanitaria en la asistencia directa al pueblo de Cuba, administrada a través de organizaciones no gubernamentales, y ha realizado esfuerzos en este sentido; las premisas cognitivas institucionalistas tradicionales de América Latina, por su parte, evaluarían y operacionalizarían dicha ayuda a través de órganos estatales, procurando no emitir juicios excesivos sobre la eficiencia o las decisiones estratégicas relativas a su distribución (un problema que se repite en otras regiones, como, por ejemplo, en Oriente Medio y el Norte de África, o en el continente africano). Asimismo, Estados Unidos mantiene una postura favorable respecto a la igualdad soberana y la integridad territorial; sin embargo, este enfoque se ve moldeado por el carácter transaccional de la iniciativa «America First» (Estados Unidos Primero). Ambas posturas comparten un profundo rechazo hacia las ambiciones territoriales (con algunas excepciones... pues siempre existen excepciones). No obstante, los partidarios del enfoque transaccional aceptan la premisa de que las proyecciones de poder —incluidas aquellas de carácter violento— hacia el interior de otro Estado pueden resultar necesarias y ventajosas, siempre dentro del marco de su propia interpretación de las «normas» que rigen los ordenamientos jurídicos internos. Los institucionalistas, en cambio, tienden a no distinguir diferencia alguna entre las proyecciones externas de poder hacia otro Estado y las situaciones de tensión territorial: ya sea el libre sobrevuelo de los cielos de un Estado (como en los casos de Irán, el Líbano, etc., en el contexto de esfuerzos por negociar cambios sustanciales en las relaciones —situaciones en las que no cabe hablar de «inocencia» por parte del Estado sobre el cual se proyecta estratégicamente dicho poder—); la proyección de fuerza militar con el fin de extraer a determinadas personas (como en el caso de Venezuela, donde el Estado agresor calificó a dichas personas como miembros de una banda criminal); o bien una invasión al estilo ruso sobre otro país con el propósito de anexionarse su territorio. Este último supuesto constituye, naturalmente, el más problemático para Estados Unidos, en la medida en que representa precisamente aquello que el antiguo orden institucionalista pretendía evitar. Irónicamente, la concepción estadounidense del multilateralismo —entendida como un mero intergubernamentalismo— se asemeja más a la postura tradicional de Brasil y China que a la de las antiguas élites de Estados Unidos, o a la de países como México y España; salvo, claro está, cuando se analiza desde la perspectiva de la comunicación entendida como discurso.
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Nada de esto, por supuesto, tendrá un efecto sustancial en la resolución de la crisis cubana; lo que sugiere que incluso las diferencias sustanciales y fundamentales en la forma en que se ordena la realidad en función de los principios y los valores se verán atenuadas por el pragmatismo. Resulta significativo que México haya liderado esta iniciativa, manteniendo una estrategia discursiva y normativa a largo plazo, incluso adaptándose a las realidades de la situación en la que se encuentra en esta etapa del desarrollo histórico de la región (considérense los comentarios de la Presidenta Sheinbaum; Cumbre en Defensa de la Democracia: Presidenta propone programa global de reforestación y declaración contra intervención militar en Cuba. Sin embargo, este pragmatismo, por razones propias, no puede ser compartido por los actuales líderes de España y Brasil, cada uno con sus propias agendas y un bagaje histórico bastante distinto (y no irracional). En este contexto, el discurso del derecho internacional y la intervención humanitaria, adornado con los tópicos de la igualdad soberana y la integridad territorial dentro de densos marcos normativos de restricciones multilaterales que pretenden tener un efecto supraconstitucional (y, por lo tanto, legal), tendrá que enfrentarse a un problema quizás igualmente interesante: la gestión de sistemas de Estados colectivizados (ya sea desde un marco estructural transaccional o institucional). El problema de los Estados fallidos y el deber, ya sea del colectivo de Estados (independientemente de su organización y concepción) o de algunos de sus elementos, de asumir la responsabilidad (sea lo que sea que esto signifique). Es precisamente a este último aspecto al que se dirige gran parte del discurso, aunque sea de forma indirecta, y ese es, por supuesto, el problema fundamental. Se trata de un problema ideológico y cognitivo crítico para los gobiernos de México, España y Brasil, precisamente porque, en mayor o menor medida, cualquier admisión de fracaso estatal en Cuba debilitaría (o podría debilitar) el poder normativo de las ideologías que comparten y que son fundamentales para el avance de sus propias ortodoxias normativas, tanto dentro de sus países como en su papel de fundamento ortodoxo del orden internacional. Proteger a Cuba de los fracasos de su propio gobierno es, en ese sentido y hasta cierto punto, una protección de su propia legitimidad normativa. O al menos así podrían tender a pensar…
Sin embargo, a través de la lente transaccional de los EE. UU., hacia la que se dirige gran parte de esto, el desempeño discursivo tendrá consecuencias para las relaciones entre estos cuatro estados de maneras que aún no están claras, excepto que es probable que las relaciones entre los EE. UU. y España y Brasil empeoren antes de mejorar (a falta de un cambio de gobierno); las que tienen con México seguirán siendo pragmáticas y transaccionales, y es probable que sea México el que sea más eficaz sirviendo como intermediario y puente hacia otros estados. Y esos cambios afectarán sustancialmente las relaciones con Europa, pero más importante aún con China, como tal vez el actual gobierno de España ha tratado de demostrar, inadvertidamente por supuesto, al tratar de vivir los valores de su gobierno. En ese último caso, tal vez valga la pena considerar el paralelismo entre la política inconformista del Sr. Orbán en Hungría y la del Sr. Sánchez en España (Apártate Hungría: España es el nuevo mejor amigo de China en la UE). Si son miméticos, esto apunta tanto a su importancia como a su longevidad, en aquellos casos en que cualquiera de estos aspectos se halle desincronizado respecto a movimientos cognitivos más amplios y poderosos entre los órganos de los Estados colectivizados.
A continuación, se presenta el texto de la Comunicación.
Comunicado conjunto sobre la situación en Cuba
Brasil, España y México
Secretaría de Relaciones Exteriores | 18 de abril de 2026 | Comunicado
Ante la evolución de los acontecimientos en Cuba y la dramática situación que vive el pueblo cubano, los Gobiernos de Brasil, España y México:
1. Expresamos nuestra enorme preocupación por la grave crisis humanitaria que atraviesa el pueblo de Cuba y emplazamos a que se adopten las medidas necesarias para aliviar esta situación y se eviten acciones que agravan las condiciones de vida de la población o contrarias al Derecho Internacional. Nos comprometemos a incrementar de manera coordinada nuestra respuesta humanitaria dirigida a aliviar el sufrimiento del pueblo cubano.
2. Reiteramos la necesidad de respetar en todo momento el Derecho Internacional y los principios de integridad territorial, igualdad soberana y arreglo pacífico de las controversias, consagrados en la Carta de las Naciones Unidas.
3. Reafirmamos nuestro compromiso irrenunciable con los derechos humanos, los valores democráticos y el multilateralismo, y en ese sentido hacemos un llamamiento a un diálogo sincero, respetuoso y acorde al Derecho Internacional y a los principios de la Carta de Naciones Unidas. Su objetivo debe ser encontrar una solución duradera a la actual situación y garantizar que sea el propio pueblo cubano quien decida su futuro en plena libertad.



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